LEER LIBROS MALOS HACE DAÑO

Ernesto Pérez Zúñiga



Pienso, otra vez leyendo a Onetti, que hay que celebrar la escritura misteriosa, la que no se lee con transparencia perfecta, la que tiene líneas que van dejando preguntas sobre su manera de encajar con la realidad, todavía primaria, como recién venidas de la creación, efectivamente recién creadas y por eso mismo dispuestas a significar doble sin aún significar del todo. Escritura oblicua, nada temerosa al escritor que opina: esta página no se entiende.

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Dice Javier Cercas en Soldados de Salamina: las palabras no consiguen decir lo que somos: la verdad. Quien lee un evangelio, por ejemplo, busca en sus palabras parte de esa verdad, la verdad toda. La fe debe de consistir en eso: en creer más allá del significado que cabe en las palabras. Rozan la verdad. Rozan la sombra de los animales verdaderos que se ocultan, traman, llevan una vida secreta en la espesura. Ciertos poemas y novelas crean la realidad con cada palabra según la imaginación del autor. Otros poemas y novelas sólo describen, son reportajes de una realidad exterior, interior, que nunca llegan a atrapar del todo. Animales que hay que atrapar. Literatura que funda realidad en las palabras. Animales en cada palabra.

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En la lectura perdemos egoísmo. Permitimos a nuestra conciencia sumergirse y alcanzar la conciencia ajena, que a veces es un abanico de conciencias; y, en esa inmersión en el conocimiento del mundo sin la barrera del yo, nuestra mente crece en la historia o en el pensamiento o en la emoción de una otredad cualquiera. Toda lectura es, de alguna manera, un ejercicio cotidiano de misticismo. Por eso crecemos en ella. Por eso la literatura tiene un sentido pleno y resulta una manera de vivir. Por eso leer (y escribir) libros malos hace daño.