INVECTIVA DEL INQUISIDOR

Juan Carlos Chirinos



Detesto a los restauradores de libros. Pasan la vida entera tratando de echar hacia atrás en el tiempo sirviéndose de goma arábiga y mutilando. Los restauradores de libros cubren con la falsedad de un papel intruso lo que a las hojas originales les ha llevado años encontrar. La tinta impresa sobre el papel antiguo, que no original, las arrugas propias de la lectura incesante, las manchas de los cafés mal colocados, el esperma desviado de dirección y el moco que se pegó en una noche febril; con todo eso acaba el restaurador en su estúpida intención reconstructora, tan inútil e ignorante como la tarea del cirujano plástico. Y aquella arruga fea pero memoria de la tersura inicial, aquellas mejillas caídas tras el triunfo de la juventud, aquella mancha en la piel que una vez desprendió insólitos aromas, devienen en mueca deprimente y levantamiento del que no sabe que el tiempo es lo más hermoso que nos puede ocurrir a todos, porque es inexorable y democrático. Las cosas no deben durar más de lo que está dispuesto y, que se sepa, no hay ningún dios en el universo reparando estrellas antes de que exploten en su abundancia o se conviertan en un tenebroso hueco negro. El restaurador es en sí mismo un ser monstruoso que quiere imponer su torpeza por encima de la belleza que fluye en forma de segundos. Si algo está roto, o se desecha, o se deja como está. No se remienda. Remiendo, qué palabra más fea. Si algo ya no cumple su función, pues sencillamente se cambia por otra cosa nueva que haga lo mismo. Cuando un ser humano muere, a nadie se le ocurre recomponerlo con remiendos y remedos para que siga yendo al trabajo, para que vuelva a besar a sus hijos, para que lleve al éxtasis a sus amantes. Se le entierra y se sigue la vida, hacia delante, que es la dirección que normalmente tienen las cosas. Se le recuerda con cariño, sí; lo cual no quiere decir que deba seguir entre nosotros. La palabra que destruye la fealdad de remiendo, es la gloriosa descomposición. Qué maravilla cuando algo se descompone poco a poco, sucumbiendo a una apoteosis que sólo conoce la materia. Todo se desintegra por la misma razón por la que se integró alguna vez, y nadie tiene derecho a prolongar esa unión: Las cosas desean huir hacia el espacio, hacia el infinito y no hay razón para demorar ese momento, porque no es posible.

Todo intento de restauración es una declaración ingenua de nuestra crasa ignorancia. Porque el espíritu de las cosas, que nunca se ha integrado a nada, no necesita de ningún remiendo. Lo que la cosa en sí contiene es puro e indestructible, y permanece ajeno a los caprichos del tiempo, de quien no depende en absoluto. Pero la cosa, ese objeto que a veces es inmóvil y a veces inquieto como un insecto, esa está atada al flujo de las horas y nada la salvará de su destrucción, aunque el corazón se aparte y ceda espacio/ y el tiempo nos devuelva las horas que retiene.