Juan Carlos Chirinos
La literatura en español, hoy. Conferencia leída en el Centro Académico-Cultural de la Universidad de Ámsterdam el 24 de abril de 2008.

1. This is not América. El germen inicial para lo que vengo a decir aquí puede buscarse en un acontecimiento que ocurrió, o pudo ocurrir: un mediodía cualquiera de hace algunos años, tuvo lugar un pequeño debate en un museo al suroeste de Caracas. Era un debate informal, los que suelen darse en las cafeterías de los museos de arte contemporáneo a la hora del almuerzo, cuando la inminente apertura de una exposición pone los nervios a prueba y el aire está efervescente de ideas. En él participaban varios de los empleados del museo; un curador, una artista y dos o tres extras que se alimentaban apaciblemente. El tema de la discusión era, por supuesto, la exposición cuyo evento inaugural se llevaría a cabo en breve. El tema de la muestra: el arte latinoamericano sin fronteras, que agruparía piezas de colecciones privadas caraqueñas y que abarcaba todo lo que se estaba haciendo por ese entonces tanto en América Latina como por artistas latinoamericanos en Estados Unidos.
La idea consistía en mostrar al público de la ciudad lo que atesoraban las excelentes colecciones particulares del país al tiempo que se establecía un argumento más a favor de la integración intelectual en el continente. Y los comensales discutían hasta dónde esto podía ser posible y de qué manera lo estaba reflejando la exposición. Como suele suceder, nadie se puso de acuerdo, y el intercambio intelectual se disipó cuando hizo su aparición el buen humor y la modorra de las tres de la tarde. Estos debates no eran extraños en ese museo a finales de los años noventa; se trata del museo de Artes Visuales Alejandro Otero, ubicado al lado del hipódromo de la ciudad, último lugar donde trabajé lleno de gozo antes de mudarme a España.
Entre las piezas expuestas en esa ocasión había varias de muy buenos y consagrados artistas: del cubano Félix González Torres, de quien se exponían sus perturbadoras vallas con almohadas y sus bombillos colgantes; del venezolano Meyer Vaisman, que se presentaba con un monolito mitad rancho (chabola) caraqueño, mitad biografía íntima; de los también venezolanos Aziz+Cucher, que por aquella época experimentaban borrándoles el rostro a sus modelos; del mexicano Gabriel Orozco, que con sus bellísimas fotografías mostraba el espíritu de las cosas en los estacionamientos y los supermercados; de la brasileña Rosângela Rennó, cuyas piezas eran como fantasmas; y una instalación del chileno Alfredo Jaar, obra que me dio mucho que pensar, tanto sobre el arte como de la literatura.
Para entonces el mundo era mucho más apacible y no nos ahogaba la angustia del terrorismo, la invasión absurda de países, la imposición de esta pax romana a juro y porque sí, ni la sensación, ya común, de que vivimos en el desierto de lo real, como se anunciara en Matrix y lo reflexionara el filósofo Zlavoj Žižek hace pocos años. Una época propicia, por finisecular, para pensar en la identidad de los otros y la propia, muchas veces definida por los límites ajenos. En la mencionada instalación de Jaar, una secuencia mostraba una valla electrónica que el artista instaló en la neoyorquina Times Square, en la que se podía apreciar, primero, un mapa de los Estados Unidos sobre el cual se leía «This is not America»; luego, la bandera estadounidense sobre la que se advertía «This is not America’s flag»; y, finalmente, un mapa de todo el continente americano en el que el mapa sustituía la «R» de la palabra América. Esta secuencia estuvo pasándose durante varias semanas del año 1987, y la intención era recordarles a los estadounidenses que el gentilicio con el que se hacen conocer no sólo les pertenece a ellos y que, si a ver vamos, los países de habla española fueron los que de alguna manera inspiraron el nombre a los europeos, que decidieron —por esos caprichos del destino que nadie puede controlar— designar con el epónimo América la tierra a la que primero había llegado Cristóbal Colón y que, por lo tanto y en todo caso, debía de llamarse Colombia. Pero la suerte tocó el nombre de Américo Vespucci, el navegante florentino que, por cierto, también es el autor del nombre de mi país, por las casas indígenas construidas sobre el lago de Maracaibo: la pequeña Venecia, Venezuela, hermoso diminutivo.
No obstante este ejercicio de afirmación identitaria, con el que por cierto estoy plenamente de acuerdo (antes que latinoamericano, sudamericano, hispanoamericano, iberoamericano, etc., la lógica me indica que en verdad puedo definir mi gentilicio, primero, como venezolano y, en segundo término, como americano), los países hispánicos en América no pueden obviar que parte de la propia definición está contenida en la relación —a veces buena y pacífica, a veces violenta y desgraciada— con los países que rodean las playas donde solo se habla español.
Pensar en nuestros países sin involucrar a los Estados Unidos, Canadá y el Caribe en el que se habla francés, inglés, holandés y hasta papiamento es una seria impertinencia. Y, en el caso de Venezuela y Brasil, hay que tomar en cuenta que tres Guyanas nos limitan: la inglesa, la francesa y Surinam. También hay tomar en cuenta que Latinoamérica es el producto sincrético de tres culturas cuyos colores son el blanco europeo, el negro africano y el bronce infinito del indígena.
La pregunta «¿qué será de este continente en el próximo milenio?» tiene mil (o infinitas) respuestas pero, al menos, dos muy probables. La primera se hace realidad constantemente: la mezcla cultural, política, social y lingüística de los países hispanohablantes con Estados Unidos. Es ya común el desplazamiento de la cultura del fast-food, los blue jeans y los anglicismos hacia Venezuela, Argentina o Colombia; de hecho, el Diccionario Panhispánico de dudas editado por las academias de la lengua española en 2005 incluye algunos vocablos de estos como parte del léxico normalizado en español. Pero también es cierta la «latinoamericanización» de Miami, Nueva York, Los Ángeles o San Francisco. Sin duda, pude ocurrir que el español conviva dentro de 200 ó 300 años con sus lenguas hijas, los futuros spanglish de la costa atlántica y el chicano de la costa del pacífico.
Artistas, científicos y pensadores americanos (Northrop Frye, Ángel Rama, Carl Sagan, Octavio Paz, Darci Ribeiro, Derek Walcott, Ernesto Mayz Vallenilla o José Balza) pasean sus ideas por el continente, confrontándolas, desarrollándolas y discutiéndolas para crear —cada uno a su manera— hilos invisibles en el discurso del futuro.
La segunda respuesta sobre el porvenir en Latinoamérica se llamó la Gran Colombia, el frustrado proyecto político, soñado por Bolívar, de erigir en un solo país las colonias españolas de América. Mezquindades, egoísmos y torpezas impidieron la evolución de una comunidad parecida a la Unión Europea de nuestros días. Tal vez —en estos tiempos globalizados— empecemos a estar maduros para volver a ensayar la vida como un solo pueblo, más allá de albas, mercosures, pactos andinos o grupos de tres; y a pesar de los gobernantes folklóricos, corruptos o simplemente torpes que tenemos que sufrir. Vale la pena recordar que Miami, casi capital latina, hoy es el lugar de encuentro de los mass media latinoamericanos, que no es poco decir.
La televisión, desde luego, es responsable de muchas de las consecuencias de este melting pot del que aparentemente no sabemos salir: baste citar el éxito internacional de la producción colombiana Betty, la fea, que ha visto versiones en Venezuela (Mi gorda bella), México (La fea más bella), España (Yo soy Bea) y Estados Unidos (Ugly Betty), y que —demostrando la fuerza que tiene en el imaginario la historia del patito feo— se ha realizado en otros países adoptando nombres tan curiosos e idiosincrásicos como Esti Ha’mechoeret (Israel), Jassi Jaissi Koi Nahin (India), Sensiz Olmuyor (Turquía), Verliebt in Berlin (Alemania), Ne Rodis’ Krasivoy (Rusia), Lotte (Holanda), Sara (versión flamenca), Maria, i Asximi (Grecia), Ne daj se, Nina (Croacia), Ošklivka Katka (República Checa), Tudo Por Amor (Portugal), Betty, Ai to uragiri no hishojitsu (Japón), Co^ Ga’i Xa^’u Xi’ (Vietnam) y hasta su versión china Chou Nu Wu Di (próxima a emitirse).
Como se ve, no es por falta influencia que el mundo hispánico morirá de mengua. Aunque tan solo se trate de una telenovela, una soap opera, u obra de jabón, como la llaman en Estados Unidos.
«¿Qué será de este continente en el próximo milenio?», nos preguntamos al principio. Y vemos que la respuesta se puede alargar tanto como queramos, o tanto como queramos observar lo que ocurre a nuestro alrededor.
Aún hay una tercera respuesta, más extraña e íntima, más antigua. Debajo de todo el continente se siente la huella de los habitantes originarios; mayas, incas, aztecas, chibchas, waraos, yanomamis, caribes, sioux, timoto-cuicas... cientos de culturas cuya idiosincrasia aún actúa sobre los habitantes, y que se nota en detalles inesperados, cuando toman un vaso de agua, cuando miran al cielo, cuando hacen el amor o piden un poco de café. En esta opción el futuro está fuertemente asido al mundo indígena que, en definitiva, conforma en cada americano el «tiempo mágico» (como lo definió Spengler y lo inventaron Carpentier, Ambrose Bierce y García Márquez) y que probablemente lo lance a un mañana circular, expansivo y fractal, en el que el juego norte/sur hará que siga siendo la frontera de Occidente, el límite donde una vez Europa se miró a sí misma —y sintió horror.
El futuro de Latinoamérica es impredecible no por oscuro, sino por infinito.
2. Reino de fronteras líquidas en tiempos licuados. Sin embargo, toda esta reflexión acerca de qué es ser americano y, en mi caso, venezolano, se me figura insuficiente en estos tiempos. Hay algo de artificial, decimonónico, en esta concepción, porque tal parece que si bien no parece faltarle nada a la definición per se, deja fuera una buena y muy importante parte que no puedo negar. ¿Será, acaso, que eso de ser latinoamericano ha sido tan subrayado en nuestros imaginarios que ya forma parte de nuestro genoma cultural? ¿Conformará un meme de esos que perdura a través de decenas de generaciones? ¿Será que eso de la unidad en la diversidad es más cierto de lo que suponemos y por encima de las nacionalidades, de las diferentes historias, fluye una corriente subterránea, esa que llamamos América Latina, que nos une como cuentas de un collar enorme? ¿Y por qué entonces ninguno de esos términos acaban por gustarme y me siento con ellos como niño que estrena unos zapatos demasiado estrechos, y que se ha dejado en la casa las prendas con las que se siente más gusto?
Partes de la respuesta definitiva, que aún sigo buscando, las he encontrado en los textos de varios escritores, el primero de los cuales me dio una pista impagable y que, por esas casualidades de la vida que se parecen tanto a la predestinación, pertenece a un compatriota mío, el escritor Arturo Úslar Pietri, quien —por cierto— introdujo en la literatura latinoamericana el término Realismo Mágico, que tomó prestado del crítico alemán Franz Roh y que éste usó para definir los coloridos cuadros de Henri Rousseau y las obras post-expresionistas de la escuela de la Nueva Objetividad (Neue Sachlichkeit).
El texto de Úslar se llama El Reino de Cervantes, y desde el título se puede colegir hacia dónde apunta su contenido. En ese texto Úslar es meridiano al hablar de cuánto se parecía él a sus compañeros españoles e hispanoamericanos (entre los que se contaban Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias): «Lo primero que apareció entre nosotros fue la común condición ante el presente y el constante hallazgo de la semejanza de condición. Matices y tonos variaban, el paisaje podía ser distinto, pero era inescapable la unidad del clima moral, intelectual y cultural. Nos contábamos las cosas propias como chismes de familia. Íbamos hacia la obra literaria en una misma actitud y, además, con un igual propósito: expresar aquella realidad tan compleja y tan rica que hasta entonces nos parecía que no había sido adecuadamente reflejada. Fuera de las diferencias de las situaciones nacionales, nos sentíamos parte de una misma condición y de una peculiaridad profunda que nos distinguía por igual de gentes de otras culturas. Terminábamos por asimilar la continua revelación de la rica variedad de las situaciones comunes. Hablábamos de la misma cosa y en el fondo real éramos la misma gente».
Estas palabras fueron el pórtico para descubrir que, por encima de mi nacionalidad, por encima de mi procedencia continental y por encima de la historia que compartía a trozos y en distintas intensidades con los nacionales de los otros países americanos (mucho con Colombia, menos con Honduras, bastante con Trinidad y Tobago, abundante con Aruba, Bonaire y Curazao; amor y odio con Estados Unidos); por encima de todas esas circunstancias había una que me arrojaba a un nuevo territorio, una que me hizo descubrir que soy habitante de un reino en el que todas esas características no alejan sino conforman; vivía desde mi nacimiento en un reino en el que dejaban de tener sentido las fronteras, porque, o no existían, o se disolvían ante la fuerza de la evidencia: la frontera era lingüística, y así lo entendió Úslar Pietri: «Lo más característico que distingue a esa realidad cultural (...) se dio primeramente y se definió de manera perdurable en el siglo xvi. Es la época en que la dimensión política alcanza su plenitud desde Carlos v hasta Felipe ii; es, también, la ocasión en que se define cabalmente un juego de valores característicos: lengua, religión, moral, romancero, refranero, paradigmas, convicciones y metas de vida. La síntesis suprema de ese conjunto se expresó en la obra de Cervantes. Allí está recogido y expresado lo esencial, irrenunciable y persistente de esa manera de ser (...) tan múltiple y dispersa, y tan semejante a sí misma. Constituye, para decirlo con las fórmulas viejas tan cargadas de sentido (...) un reino cultural y podríamos llamarlo, con toda propiedad, el reino de Cervantes».
¡Eso era! Vivía en un reino cultural, que iba más allá de las denominaciones que tanto me incomodaban y prescindían de una posible loca clasificación en la que las categorías de Aristóteles dejaban de tener sentido. Y es que era así, las categorías ortodoxas dejan de tener sentido cuando agrupas el mundo con nuevos parámetros, o con los viejos reinterpretados.
Al tomar el español como referente, surgía una comunidad gobernada desde el trono simbólico por la obra de Cervantes, y custodiada por el más gallardo de los guardianes, Don Quijote de La Mancha, a quien los fieles oramos siempre con fervor: «De tantas tristezas, de dolores tantos,/ de los superhombres de Nietszche, de cantos/ áfonos, recetas que firma un doctor;/ de las epidemias, de horribles blasfemias,/ de las Academias líbranos, Señor».

Lo mejor del descubrimiento del reino de Cervantes radicaba en que sus fronteras nunca coincidían con las que los seres humanos han trazado imaginariamente sobre la faz de la tierra. Ahora podía considerar que aun cuando estuviera en Caracas, en Nueva York, en Valera, en Buenos Aires, en Bogotá, en Malabo, en Madrid, en Vitoria, en Manila, en Ceuta o en Tegucigalpa seguía dentro de los límites de nuestro reino, y que si bien hubo un tiempo en que no se ponía el sol en el imperio de Carlos i y Felipe ii, ahora se podría decir que en el reino de Cervantes siempre se habla el mismo idioma —y eso es lo que nos identifica.
Cada hablante de español hace uso variado de esta lengua nacida en el corazón de Castilla, una lengua que se ha expandido tanto que sólo en Estados Unidos hay ya cincuenta millones de personas que la hablan, más que en el propio país donde nació. Se llamó castellano en un principio, pero con el correr de los siglos este nombre se quedó corto y ahora usa el más apropiado de español, pues es la lengua que se derramó por todo el orbe recogiendo vocablos nuevos allí donde se asentaba: lunfardo, fuca, choteo, bongo, arepa, cachapa, bubi, ma, wa, nñé, mañoco, piolín, vaina, escuincle, chaval, chamo, gachupín, jeva, tía, mina, garota, flipa, tripea, guagua, buseta, ceiba, papaya, patilla, lechosa, guanábana, cambur, zamuro, zopilote, curumo, cóndor, colibrí, ruana, madjiwa, amor, dientecito de ajo, caballito de juguete...
Desde luego, un tesoro enorme se esconde tras el simple hecho de hablar el mismo idioma y ser simultáneamente tan diferentes.
Pero, ¿dónde se asientan entonces, las fronteras de este reino? ¿De verdad se detienen allí donde se habla español, allí donde otra lengua —el inglés, el holandés, el italiano, el alemán, el francés— impone su propio universo?
Y una pregunta más acuciante: ¿tienen algo que decir los cartógrafos de este reino, es decir, los escritores?
Esta última pregunta intentaré contestarla al final de mis palabras.
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, observó Wittgenstein en su momento, y esto nos debería bastar para entender que los límites de este reino a que he hecho referencia acaban donde su imperio lingüístico ya no tiene gobierno. Pero la experiencia nos indica que esto no tiene que ser necesariamente así, pues de lo contrario los que habitamos aquí no seríamos capaces de explorar territorios ajenos y está claro que lo hacemos y cada vez con más asiduidad. La respuesta a esta paradoja tal vez se esconda tras la reflexión del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, de la que esta conferencia es decidida heredera.
Refiere Bauman que en nuestra época, y sobre todo en los países que se conocen como desarrollados, han acaecido una serie de novedades que crean un nuevo escenario para las elecciones individuales, para la configuración de nuestro propio mapa del mundo. En primer lugar, dice Bauman, ha tenido lugar «el paso de la fase “sólida” de la modernidad a la “líquida”: es decir, a una condición en la que las formas sociales ya no pueden (ni se espera que puedan) mantener su forma por más tiempo, porque e descomponen y se derriten ante de que se cuente con el tiempo necesario para asumirlas y, una vez asumidas, ocupar el lugar que se les ha asignado. Resulta improbable que las formas, presentes o solo esbozadas, cuenten con el tiempo suficiente para solidificarse y, dada su breve esperanza de vida, no pueden servir como marco de referencia para las acciones humanas y para las estrategias a largo plazo; de hecho, se trata de una esperanza de vida más breve que el tiempo necesario para desarrollar una estrategia coherente y consistente, e incluso más breve que el tiempo requerido para llevar a término un «proyecto de vida» individual.[1]
A esta modernidad líquida como causa de la liquefacción de los parámetros de la sociedad moderna, se le agregan otros factores como el divorcio entre política y poder, la supresión de la seguridad social pública, el colapso del pensamiento y la planificación (es decir, la sustitución de la reflexión por la acción) y el más interesante (o terrible) de todos, el hecho de que la responsabilidad a la hora de aclarar las dudas y fijar posición acerca de este tiempo inestable y volátil «recae sobre las espaldas de las individuos, de quienes se espera ahora que sean “electores libres”, y que soporten las consecuencias de sus elecciones».[2]
No parece nueva la idea de que somos nosotros los únicos responsables de nuestros actos; la diferencia aquí estriba en que no sólo somos responsables, como ha sido siempre desde la mítica expulsión del Edén, de nuestros actos, sino que ahora ni siquiera podemos contar con la solidaridad del prójimo, porque el mundo se ha vuelto, según Bauman, el territorio de la individualidad hostil, donde se compite para ganar —y para ganar cada vez más.
¿Cómo entender, entonces, un territorio lingüístico y cultural «común», y estable, en semejantes condiciones?
Volvemos la mirada hacia el Quijote, donde siempre hallaremos consuelo: ya en el siglo xvii el caballero de la triste figura sabía que la única manera de afrontar la realidad que lo circundaba era con la imaginación, porque es en ese territorio donde se pueden dar las alianzas más duraderas. Diluyendo la frontera entre realidad y fantasía, el personaje cervantino logró conformar un nuevo mapa, un nuevo territorio que nos ha acompañado los últimos cuatrocientos años: el territorio sólido de la ficción, que todo lo inunda, que todo lo contamina, que todo lo ilumina para darle un nuevo sentido.
Ese mapa fue dibujado en la lengua que ahora hablo, fue cartografiado en español.
Y esa es la razón por la cual estoy aquí hoy; para declarar con firmeza que la frontera que se ha trazado entre las literaturas de los países hispanófonos de América y España no sólo es una fantasía que ha distorsionado la imagen que tenemos de nuestro imaginario literario, sino que en este principio de milenio ha comenzado a diluirse, a derretirse y a establecer las diferencias con la misma nitidez que las semejanzas para que, esta vez sí, tenga lugar la diversidad en la unidad. No ha ocurrido del todo, pero al menos muchos estamos ya conscientes de ello. Y la primera conciencia anida en el lenguaje que utilizamos.
3. ¿Mismo idioma, diferentes literaturas? Regularmente doy talleres en los que solemos leer y comentar libros; la mayoría de mis alumnos son mujeres, pues ya sabemos que la lectura es una actividad superior del espíritu que seduce más a la mujer que al hombre, y me apena comprobar que en el concierto de los lectores, nosotros somos menos. Sin embargo, resistimos. Pues bien; se me ocurrió que para venir a compartir con ustedes esta tarde haría antes una pequeña encuesta entre estas lectoras; una encuesta que me diera pistas, aunque no científicas, de qué es lo que piensa un lector «no profesional» sobre la literatura en español, hoy. Y me sorprendió comprobar que casi todas tenían muy claros dos puntos. Primero, que el español es una lengua que se irá fortaleciendo con los años y que gracias a su presencia en el continente americano tiene asegurada una larga vida. Y, segundo, que una cosa era la literatura española y otra la latinoamericana. ¿Cómo podía ser posible que consideraran como una unidad la lengua pero no así las manifestaciones estéticas que esa misma lengua produce? Indagando un poco más en conversaciones informales, sentí que aunque consideraban la literatura latinoamericana más cercana que las otras literaturas, no se sentían verdaderamente en su salsa sino cuando leían a los españoles. Y descubrí que era esto producto de la formación escolar y universitaria, en donde se nos ha enseñado que una cosa es la literatura española y otra muy distinta la latinoamericana.
Yo creo firmemente que esto es un error. Y un error innecesario, además.
El mundo académico, quizá por razones de comodidad a la hora de categorizar, ha separado el decurso de una literatura y otra, pero ha tendido a meter en un solo saco las literaturas de diecinueve países por el solo hecho de formar parte del territorio que una vez perteneció al imperio español. Esta clasificación ya no tiene sentido a estas alturas. Si bien es cierto que hay infinidad de conexiones entre estas literaturas y desde el punto de vista de la historia de la literatura se puede ensayar una comprensión del continente utilizando su progresión desde l siglo xvi hasta ahora, no es menos cierto que estas mismas conexiones pueden establecerse cómodamente entre cualquiera de estas literaturas y las literaturas de otras lenguas como la inglesa, la francesa, la alemana e, incluso, las literaturas clásicas y asiáticas. Ejemplos: no puede decirse que Octavio Paz sea sólo deudor de Sor Juana Inés de la Cruz y de Andrés Bello, ni que García Márquez solo beba de la fuente mágica de Úslar y Carpentier, porque estaríamos dándole la espalda a la influencia poderosa de Faulkner y Valle-Inclán, en el caso del colombiano, y de Ezra Pound y Baltasar Gracián, en el caso del Nóbel mexicano. Es una absoluta incongruencia pretender que el siglo de oro español no ejerció su labor de bruñido en la obra de Rubén Darío, influido al tiempo por la poesía francesa y alemana de su época, ni pretender olvidar que Juan Ramón Jiménez y la generación del 98 acusaron recibo de la embriagante seducción de la poesía modernista de Darío; y así podríamos estar horas y horas estableciendo no pocas ni menos importantes conexiones entre los escritores de los países en los que se habla español, entre los que hay que hacer referencia siempre de Guinea ecuatorial única nación africana en donde se habla español e injustamente olvidada por los distintos manuales de literatura.
Y solo me he referido a escritores del pasado; a movimientos de otras épocas. Ni que decir tiene que hoy en día esta frontera es más líquida que nunca.
Me pregunto hasta cuándo los manuales de literatura seguirán fingiendo que para hablar de la obra de Enrique Vila-Matas no es necesario aproximarse a Juan Rulfo o a Julio Cortázar o a Ernesto Sábato; o que para entender los vericuetos humorísticos de Eduardo Mendoza no sea necesario mencionar siquiera de pasada las cabriolas lingüísticas de Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Manuel Puig.
Tengo curiosidad por saber hasta dónde puede llegar la tozudez de un historiador de la literatura o de un crítico literario que quiera diseñar un canon contemporáneo en español y cuando se encuentre con Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes no piense de inmediato en La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes; que cuando encuentre una novela española de moda, de esas que intentan fragmentar la realidad dentro de la literatura no tenga necesidad de regresar a Rayuela, de Julio Cortázar, que también ha influido al Roberto Bolaño de Los detectives salvajes; o que se sumerja en El viento de la luna, de Antonio Muñoz Molina y su espíritu bildungsroman no le pida releer Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce Echenique.
Y si se dedica a los más jóvenes, el problema se le multiplicará, porque ya no sería posible saber dónde comienzan los escritores latinoamericanos y dónde los españoles: ¿es que acaso ellos mismos se separan? ¿No se trata tan solo de una estrategia de márquetin, más bien auspiciada por la hoja contable de las editoriales? Un narrador como el argentino César Aira tiene su correlato no sólo en el humor un poco esperpéntico del español Rafael Reig, sino también en el colombiano Efraim Medina Reyes o el venezolano Israel Centeno. Los que escriben en español hoy en día conforman un universo heterogéneo pero definido: todos escriben en español, todos se leen unos a otros, todos beben de las tradiciones literarias de otras lenguas y... todos dependen de las grandes corporaciones editoriales para que sus libros lleguen a la mayor cantidad de lectores.
En todo caso, la discusión ahora se inclina más por ese lado, el de la (eterna) lucha entre centro y periferia: Hace unas semanas en Babelia, el suplemento literario del diario El País, el escritor argentino Damián Tabarovsky respondía un artículo del escritor Vicente Verdú en el que este señalaba unas reglas para la supervivencia de la novela, y en las que pedía más riesgo a la hora de escribir, y menos tradición. Que la novela del futuro sobreviviría gracias a las audacias de los escritores de este tiempo. A Tabarovsky le preocupa otra cosa distinta: «Si algo debería preocuparnos a los escritores latinoamericanos no es escribir bajo “el molde tradicional”, como supone Verdú, porque eso sólo ocurre con los ganadores del premio Planeta y con algún que otro escritor de taller literario, sino el hecho de que esa otra literatura, la más radical, la más desafiante, ocupe una posición cada vez más central en el mercado. ¿Se puede ser excéntrico y central a la vez?[3]
4. Lo que dicen los cartógrafos. Volvamos a la pregunta que nos hicimos unas páginas atrás: ¿Tienen algo que decir los cartógrafos del reino de Cervantes, es decir, los escritores?
Constantemente, los escritores no han hecho otra cosa que pensar y dibujar el territorio en el que viven, ajenos a las clasificaciones de los taxidermistas y entomólogos varios que confundieron la literatura con la botánica de Linneo y la filogénesis de Darwin.
Los narradores del español, casi desde que el español se difundió por varios continentes, no han hecho otra cosa distinta a establecer relaciones unos con otros; han generado cercanías y distancias, consonancias y disonancias que han servido para darle forma al cuerpo imaginario de la lengua. Desde luego que los estos cartógrafos tiene mucho que decir, empezando por los maestros: Borges inventando un mapa del tamaño del reino y dividiendo los animales del emperador en los que acaban de romper el jarrón y los que de lejos parecen moscas; Cortázar contándole a una señorita en París cómo no puede dejar de vomitar conejitos; Rulfo quemando las páginas de su prosa con el calor infernal de Comala mientras que García Márquez cuenta mariposas amarillas y exagera la realidad hasta límites intolerables incluso para José Arcadio Buendía; Rómulo Gallegos cabalgando en la grupa de la yegua de doña Bárbara y José Eustasio Rivera dejándose devorar por la garganta insaciable de la selva; Roberto Arlt buscando dinero para devolver el que se robó antes de que sea demasiado tarde, o antes de que la realidad se le convierta en juguete rabioso; Icaza tratando de que las consecuencias de una gangrena no sean fatales y Azuela reivindicando el derecho de los de debajo de tener un poco de libertad y, de paso, presencia en la literatura.
Todos los que han cartografiado el mapa estético del español han dejado una huella imborrable en cada uno de los escritores que hoy en día continúan trazando coordenadas de ese mapa, que crece y crece sin descanso. Las llamadas nuevas generaciones están llamadas a unir los puntos allí donde parecen no tener contacto: porque ya no hay escritores españoles e hispanoamericanos, ahora sólo hay escritores, y son legión: Balza, Pitol, Piglia; Aira, Quintero, Rivas; Muñoz Molina, Bryce Echenique, Vila-Matas, Ndongo; Méndez Guédez, Paz Soldán, Riestra; Pérez Zúñiga, Cordoliani, Melini, Echeto; Menéndez Salmón, Merino, Centeno, Adón.
Estos son unos pocos nombres de cientos que hoy mismo pueblan la literatura en español, que cada día derrotan la falsa idea de que está dividida esquemáticamente entre los escritores de la península y los latinoamericanos. No. Se trata de artistas de hoy, que ven televisión, navegan cada noche desde sus ordenadores por ese otro universo que es Internet, leen en español y otras lenguas, debaten, se encuentra, discuten —siempre discuten— y se ponen de acuerdo para condenar o alabar la prosa de un antepasado o un contemporáneo. Y vive ajenos, como si se tratara de cronopios indigentes, de las clasificaciones con que día a día llenan la cabeza de los estudiantes de literatura, algunas academias y casi todas las editoriales.
El día en que esto deje de ser así, cuando cada identidad en español conviva tranquilamente con su vecina, podremos quizá distinguir las fronteras de este reino con mayor nitidez. Y ese día podremos decir que habitamos gozosamente y libres el reino inconmensurable de Miguel de Cervantes.
La literatura en español, hoy. Conferencia leída en el Centro Académico-Cultural de la Universidad de Ámsterdam el 24 de abril de 2008.
A diferencia del conocimiento, la sabiduría no envejece.
Zygmunt Bauman
Zygmunt Bauman
1. This is not América. El germen inicial para lo que vengo a decir aquí puede buscarse en un acontecimiento que ocurrió, o pudo ocurrir: un mediodía cualquiera de hace algunos años, tuvo lugar un pequeño debate en un museo al suroeste de Caracas. Era un debate informal, los que suelen darse en las cafeterías de los museos de arte contemporáneo a la hora del almuerzo, cuando la inminente apertura de una exposición pone los nervios a prueba y el aire está efervescente de ideas. En él participaban varios de los empleados del museo; un curador, una artista y dos o tres extras que se alimentaban apaciblemente. El tema de la discusión era, por supuesto, la exposición cuyo evento inaugural se llevaría a cabo en breve. El tema de la muestra: el arte latinoamericano sin fronteras, que agruparía piezas de colecciones privadas caraqueñas y que abarcaba todo lo que se estaba haciendo por ese entonces tanto en América Latina como por artistas latinoamericanos en Estados Unidos.
La idea consistía en mostrar al público de la ciudad lo que atesoraban las excelentes colecciones particulares del país al tiempo que se establecía un argumento más a favor de la integración intelectual en el continente. Y los comensales discutían hasta dónde esto podía ser posible y de qué manera lo estaba reflejando la exposición. Como suele suceder, nadie se puso de acuerdo, y el intercambio intelectual se disipó cuando hizo su aparición el buen humor y la modorra de las tres de la tarde. Estos debates no eran extraños en ese museo a finales de los años noventa; se trata del museo de Artes Visuales Alejandro Otero, ubicado al lado del hipódromo de la ciudad, último lugar donde trabajé lleno de gozo antes de mudarme a España.
Entre las piezas expuestas en esa ocasión había varias de muy buenos y consagrados artistas: del cubano Félix González Torres, de quien se exponían sus perturbadoras vallas con almohadas y sus bombillos colgantes; del venezolano Meyer Vaisman, que se presentaba con un monolito mitad rancho (chabola) caraqueño, mitad biografía íntima; de los también venezolanos Aziz+Cucher, que por aquella época experimentaban borrándoles el rostro a sus modelos; del mexicano Gabriel Orozco, que con sus bellísimas fotografías mostraba el espíritu de las cosas en los estacionamientos y los supermercados; de la brasileña Rosângela Rennó, cuyas piezas eran como fantasmas; y una instalación del chileno Alfredo Jaar, obra que me dio mucho que pensar, tanto sobre el arte como de la literatura.
Para entonces el mundo era mucho más apacible y no nos ahogaba la angustia del terrorismo, la invasión absurda de países, la imposición de esta pax romana a juro y porque sí, ni la sensación, ya común, de que vivimos en el desierto de lo real, como se anunciara en Matrix y lo reflexionara el filósofo Zlavoj Žižek hace pocos años. Una época propicia, por finisecular, para pensar en la identidad de los otros y la propia, muchas veces definida por los límites ajenos. En la mencionada instalación de Jaar, una secuencia mostraba una valla electrónica que el artista instaló en la neoyorquina Times Square, en la que se podía apreciar, primero, un mapa de los Estados Unidos sobre el cual se leía «This is not America»; luego, la bandera estadounidense sobre la que se advertía «This is not America’s flag»; y, finalmente, un mapa de todo el continente americano en el que el mapa sustituía la «R» de la palabra América. Esta secuencia estuvo pasándose durante varias semanas del año 1987, y la intención era recordarles a los estadounidenses que el gentilicio con el que se hacen conocer no sólo les pertenece a ellos y que, si a ver vamos, los países de habla española fueron los que de alguna manera inspiraron el nombre a los europeos, que decidieron —por esos caprichos del destino que nadie puede controlar— designar con el epónimo América la tierra a la que primero había llegado Cristóbal Colón y que, por lo tanto y en todo caso, debía de llamarse Colombia. Pero la suerte tocó el nombre de Américo Vespucci, el navegante florentino que, por cierto, también es el autor del nombre de mi país, por las casas indígenas construidas sobre el lago de Maracaibo: la pequeña Venecia, Venezuela, hermoso diminutivo.
No obstante este ejercicio de afirmación identitaria, con el que por cierto estoy plenamente de acuerdo (antes que latinoamericano, sudamericano, hispanoamericano, iberoamericano, etc., la lógica me indica que en verdad puedo definir mi gentilicio, primero, como venezolano y, en segundo término, como americano), los países hispánicos en América no pueden obviar que parte de la propia definición está contenida en la relación —a veces buena y pacífica, a veces violenta y desgraciada— con los países que rodean las playas donde solo se habla español.
Pensar en nuestros países sin involucrar a los Estados Unidos, Canadá y el Caribe en el que se habla francés, inglés, holandés y hasta papiamento es una seria impertinencia. Y, en el caso de Venezuela y Brasil, hay que tomar en cuenta que tres Guyanas nos limitan: la inglesa, la francesa y Surinam. También hay tomar en cuenta que Latinoamérica es el producto sincrético de tres culturas cuyos colores son el blanco europeo, el negro africano y el bronce infinito del indígena.
La pregunta «¿qué será de este continente en el próximo milenio?» tiene mil (o infinitas) respuestas pero, al menos, dos muy probables. La primera se hace realidad constantemente: la mezcla cultural, política, social y lingüística de los países hispanohablantes con Estados Unidos. Es ya común el desplazamiento de la cultura del fast-food, los blue jeans y los anglicismos hacia Venezuela, Argentina o Colombia; de hecho, el Diccionario Panhispánico de dudas editado por las academias de la lengua española en 2005 incluye algunos vocablos de estos como parte del léxico normalizado en español. Pero también es cierta la «latinoamericanización» de Miami, Nueva York, Los Ángeles o San Francisco. Sin duda, pude ocurrir que el español conviva dentro de 200 ó 300 años con sus lenguas hijas, los futuros spanglish de la costa atlántica y el chicano de la costa del pacífico.
Artistas, científicos y pensadores americanos (Northrop Frye, Ángel Rama, Carl Sagan, Octavio Paz, Darci Ribeiro, Derek Walcott, Ernesto Mayz Vallenilla o José Balza) pasean sus ideas por el continente, confrontándolas, desarrollándolas y discutiéndolas para crear —cada uno a su manera— hilos invisibles en el discurso del futuro.
La segunda respuesta sobre el porvenir en Latinoamérica se llamó la Gran Colombia, el frustrado proyecto político, soñado por Bolívar, de erigir en un solo país las colonias españolas de América. Mezquindades, egoísmos y torpezas impidieron la evolución de una comunidad parecida a la Unión Europea de nuestros días. Tal vez —en estos tiempos globalizados— empecemos a estar maduros para volver a ensayar la vida como un solo pueblo, más allá de albas, mercosures, pactos andinos o grupos de tres; y a pesar de los gobernantes folklóricos, corruptos o simplemente torpes que tenemos que sufrir. Vale la pena recordar que Miami, casi capital latina, hoy es el lugar de encuentro de los mass media latinoamericanos, que no es poco decir.
La televisión, desde luego, es responsable de muchas de las consecuencias de este melting pot del que aparentemente no sabemos salir: baste citar el éxito internacional de la producción colombiana Betty, la fea, que ha visto versiones en Venezuela (Mi gorda bella), México (La fea más bella), España (Yo soy Bea) y Estados Unidos (Ugly Betty), y que —demostrando la fuerza que tiene en el imaginario la historia del patito feo— se ha realizado en otros países adoptando nombres tan curiosos e idiosincrásicos como Esti Ha’mechoeret (Israel), Jassi Jaissi Koi Nahin (India), Sensiz Olmuyor (Turquía), Verliebt in Berlin (Alemania), Ne Rodis’ Krasivoy (Rusia), Lotte (Holanda), Sara (versión flamenca), Maria, i Asximi (Grecia), Ne daj se, Nina (Croacia), Ošklivka Katka (República Checa), Tudo Por Amor (Portugal), Betty, Ai to uragiri no hishojitsu (Japón), Co^ Ga’i Xa^’u Xi’ (Vietnam) y hasta su versión china Chou Nu Wu Di (próxima a emitirse).
Como se ve, no es por falta influencia que el mundo hispánico morirá de mengua. Aunque tan solo se trate de una telenovela, una soap opera, u obra de jabón, como la llaman en Estados Unidos.
«¿Qué será de este continente en el próximo milenio?», nos preguntamos al principio. Y vemos que la respuesta se puede alargar tanto como queramos, o tanto como queramos observar lo que ocurre a nuestro alrededor.
Aún hay una tercera respuesta, más extraña e íntima, más antigua. Debajo de todo el continente se siente la huella de los habitantes originarios; mayas, incas, aztecas, chibchas, waraos, yanomamis, caribes, sioux, timoto-cuicas... cientos de culturas cuya idiosincrasia aún actúa sobre los habitantes, y que se nota en detalles inesperados, cuando toman un vaso de agua, cuando miran al cielo, cuando hacen el amor o piden un poco de café. En esta opción el futuro está fuertemente asido al mundo indígena que, en definitiva, conforma en cada americano el «tiempo mágico» (como lo definió Spengler y lo inventaron Carpentier, Ambrose Bierce y García Márquez) y que probablemente lo lance a un mañana circular, expansivo y fractal, en el que el juego norte/sur hará que siga siendo la frontera de Occidente, el límite donde una vez Europa se miró a sí misma —y sintió horror.
El futuro de Latinoamérica es impredecible no por oscuro, sino por infinito.
2. Reino de fronteras líquidas en tiempos licuados. Sin embargo, toda esta reflexión acerca de qué es ser americano y, en mi caso, venezolano, se me figura insuficiente en estos tiempos. Hay algo de artificial, decimonónico, en esta concepción, porque tal parece que si bien no parece faltarle nada a la definición per se, deja fuera una buena y muy importante parte que no puedo negar. ¿Será, acaso, que eso de ser latinoamericano ha sido tan subrayado en nuestros imaginarios que ya forma parte de nuestro genoma cultural? ¿Conformará un meme de esos que perdura a través de decenas de generaciones? ¿Será que eso de la unidad en la diversidad es más cierto de lo que suponemos y por encima de las nacionalidades, de las diferentes historias, fluye una corriente subterránea, esa que llamamos América Latina, que nos une como cuentas de un collar enorme? ¿Y por qué entonces ninguno de esos términos acaban por gustarme y me siento con ellos como niño que estrena unos zapatos demasiado estrechos, y que se ha dejado en la casa las prendas con las que se siente más gusto?
Partes de la respuesta definitiva, que aún sigo buscando, las he encontrado en los textos de varios escritores, el primero de los cuales me dio una pista impagable y que, por esas casualidades de la vida que se parecen tanto a la predestinación, pertenece a un compatriota mío, el escritor Arturo Úslar Pietri, quien —por cierto— introdujo en la literatura latinoamericana el término Realismo Mágico, que tomó prestado del crítico alemán Franz Roh y que éste usó para definir los coloridos cuadros de Henri Rousseau y las obras post-expresionistas de la escuela de la Nueva Objetividad (Neue Sachlichkeit).
El texto de Úslar se llama El Reino de Cervantes, y desde el título se puede colegir hacia dónde apunta su contenido. En ese texto Úslar es meridiano al hablar de cuánto se parecía él a sus compañeros españoles e hispanoamericanos (entre los que se contaban Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias): «Lo primero que apareció entre nosotros fue la común condición ante el presente y el constante hallazgo de la semejanza de condición. Matices y tonos variaban, el paisaje podía ser distinto, pero era inescapable la unidad del clima moral, intelectual y cultural. Nos contábamos las cosas propias como chismes de familia. Íbamos hacia la obra literaria en una misma actitud y, además, con un igual propósito: expresar aquella realidad tan compleja y tan rica que hasta entonces nos parecía que no había sido adecuadamente reflejada. Fuera de las diferencias de las situaciones nacionales, nos sentíamos parte de una misma condición y de una peculiaridad profunda que nos distinguía por igual de gentes de otras culturas. Terminábamos por asimilar la continua revelación de la rica variedad de las situaciones comunes. Hablábamos de la misma cosa y en el fondo real éramos la misma gente».
Estas palabras fueron el pórtico para descubrir que, por encima de mi nacionalidad, por encima de mi procedencia continental y por encima de la historia que compartía a trozos y en distintas intensidades con los nacionales de los otros países americanos (mucho con Colombia, menos con Honduras, bastante con Trinidad y Tobago, abundante con Aruba, Bonaire y Curazao; amor y odio con Estados Unidos); por encima de todas esas circunstancias había una que me arrojaba a un nuevo territorio, una que me hizo descubrir que soy habitante de un reino en el que todas esas características no alejan sino conforman; vivía desde mi nacimiento en un reino en el que dejaban de tener sentido las fronteras, porque, o no existían, o se disolvían ante la fuerza de la evidencia: la frontera era lingüística, y así lo entendió Úslar Pietri: «Lo más característico que distingue a esa realidad cultural (...) se dio primeramente y se definió de manera perdurable en el siglo xvi. Es la época en que la dimensión política alcanza su plenitud desde Carlos v hasta Felipe ii; es, también, la ocasión en que se define cabalmente un juego de valores característicos: lengua, religión, moral, romancero, refranero, paradigmas, convicciones y metas de vida. La síntesis suprema de ese conjunto se expresó en la obra de Cervantes. Allí está recogido y expresado lo esencial, irrenunciable y persistente de esa manera de ser (...) tan múltiple y dispersa, y tan semejante a sí misma. Constituye, para decirlo con las fórmulas viejas tan cargadas de sentido (...) un reino cultural y podríamos llamarlo, con toda propiedad, el reino de Cervantes».
¡Eso era! Vivía en un reino cultural, que iba más allá de las denominaciones que tanto me incomodaban y prescindían de una posible loca clasificación en la que las categorías de Aristóteles dejaban de tener sentido. Y es que era así, las categorías ortodoxas dejan de tener sentido cuando agrupas el mundo con nuevos parámetros, o con los viejos reinterpretados.
Al tomar el español como referente, surgía una comunidad gobernada desde el trono simbólico por la obra de Cervantes, y custodiada por el más gallardo de los guardianes, Don Quijote de La Mancha, a quien los fieles oramos siempre con fervor: «De tantas tristezas, de dolores tantos,/ de los superhombres de Nietszche, de cantos/ áfonos, recetas que firma un doctor;/ de las epidemias, de horribles blasfemias,/ de las Academias líbranos, Señor».

Lo mejor del descubrimiento del reino de Cervantes radicaba en que sus fronteras nunca coincidían con las que los seres humanos han trazado imaginariamente sobre la faz de la tierra. Ahora podía considerar que aun cuando estuviera en Caracas, en Nueva York, en Valera, en Buenos Aires, en Bogotá, en Malabo, en Madrid, en Vitoria, en Manila, en Ceuta o en Tegucigalpa seguía dentro de los límites de nuestro reino, y que si bien hubo un tiempo en que no se ponía el sol en el imperio de Carlos i y Felipe ii, ahora se podría decir que en el reino de Cervantes siempre se habla el mismo idioma —y eso es lo que nos identifica.
Cada hablante de español hace uso variado de esta lengua nacida en el corazón de Castilla, una lengua que se ha expandido tanto que sólo en Estados Unidos hay ya cincuenta millones de personas que la hablan, más que en el propio país donde nació. Se llamó castellano en un principio, pero con el correr de los siglos este nombre se quedó corto y ahora usa el más apropiado de español, pues es la lengua que se derramó por todo el orbe recogiendo vocablos nuevos allí donde se asentaba: lunfardo, fuca, choteo, bongo, arepa, cachapa, bubi, ma, wa, nñé, mañoco, piolín, vaina, escuincle, chaval, chamo, gachupín, jeva, tía, mina, garota, flipa, tripea, guagua, buseta, ceiba, papaya, patilla, lechosa, guanábana, cambur, zamuro, zopilote, curumo, cóndor, colibrí, ruana, madjiwa, amor, dientecito de ajo, caballito de juguete...
Desde luego, un tesoro enorme se esconde tras el simple hecho de hablar el mismo idioma y ser simultáneamente tan diferentes.
Pero, ¿dónde se asientan entonces, las fronteras de este reino? ¿De verdad se detienen allí donde se habla español, allí donde otra lengua —el inglés, el holandés, el italiano, el alemán, el francés— impone su propio universo?
Y una pregunta más acuciante: ¿tienen algo que decir los cartógrafos de este reino, es decir, los escritores?
Esta última pregunta intentaré contestarla al final de mis palabras.
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, observó Wittgenstein en su momento, y esto nos debería bastar para entender que los límites de este reino a que he hecho referencia acaban donde su imperio lingüístico ya no tiene gobierno. Pero la experiencia nos indica que esto no tiene que ser necesariamente así, pues de lo contrario los que habitamos aquí no seríamos capaces de explorar territorios ajenos y está claro que lo hacemos y cada vez con más asiduidad. La respuesta a esta paradoja tal vez se esconda tras la reflexión del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, de la que esta conferencia es decidida heredera.
Refiere Bauman que en nuestra época, y sobre todo en los países que se conocen como desarrollados, han acaecido una serie de novedades que crean un nuevo escenario para las elecciones individuales, para la configuración de nuestro propio mapa del mundo. En primer lugar, dice Bauman, ha tenido lugar «el paso de la fase “sólida” de la modernidad a la “líquida”: es decir, a una condición en la que las formas sociales ya no pueden (ni se espera que puedan) mantener su forma por más tiempo, porque e descomponen y se derriten ante de que se cuente con el tiempo necesario para asumirlas y, una vez asumidas, ocupar el lugar que se les ha asignado. Resulta improbable que las formas, presentes o solo esbozadas, cuenten con el tiempo suficiente para solidificarse y, dada su breve esperanza de vida, no pueden servir como marco de referencia para las acciones humanas y para las estrategias a largo plazo; de hecho, se trata de una esperanza de vida más breve que el tiempo necesario para desarrollar una estrategia coherente y consistente, e incluso más breve que el tiempo requerido para llevar a término un «proyecto de vida» individual.[1]
A esta modernidad líquida como causa de la liquefacción de los parámetros de la sociedad moderna, se le agregan otros factores como el divorcio entre política y poder, la supresión de la seguridad social pública, el colapso del pensamiento y la planificación (es decir, la sustitución de la reflexión por la acción) y el más interesante (o terrible) de todos, el hecho de que la responsabilidad a la hora de aclarar las dudas y fijar posición acerca de este tiempo inestable y volátil «recae sobre las espaldas de las individuos, de quienes se espera ahora que sean “electores libres”, y que soporten las consecuencias de sus elecciones».[2]
No parece nueva la idea de que somos nosotros los únicos responsables de nuestros actos; la diferencia aquí estriba en que no sólo somos responsables, como ha sido siempre desde la mítica expulsión del Edén, de nuestros actos, sino que ahora ni siquiera podemos contar con la solidaridad del prójimo, porque el mundo se ha vuelto, según Bauman, el territorio de la individualidad hostil, donde se compite para ganar —y para ganar cada vez más.
¿Cómo entender, entonces, un territorio lingüístico y cultural «común», y estable, en semejantes condiciones?
Volvemos la mirada hacia el Quijote, donde siempre hallaremos consuelo: ya en el siglo xvii el caballero de la triste figura sabía que la única manera de afrontar la realidad que lo circundaba era con la imaginación, porque es en ese territorio donde se pueden dar las alianzas más duraderas. Diluyendo la frontera entre realidad y fantasía, el personaje cervantino logró conformar un nuevo mapa, un nuevo territorio que nos ha acompañado los últimos cuatrocientos años: el territorio sólido de la ficción, que todo lo inunda, que todo lo contamina, que todo lo ilumina para darle un nuevo sentido.
Ese mapa fue dibujado en la lengua que ahora hablo, fue cartografiado en español.
Y esa es la razón por la cual estoy aquí hoy; para declarar con firmeza que la frontera que se ha trazado entre las literaturas de los países hispanófonos de América y España no sólo es una fantasía que ha distorsionado la imagen que tenemos de nuestro imaginario literario, sino que en este principio de milenio ha comenzado a diluirse, a derretirse y a establecer las diferencias con la misma nitidez que las semejanzas para que, esta vez sí, tenga lugar la diversidad en la unidad. No ha ocurrido del todo, pero al menos muchos estamos ya conscientes de ello. Y la primera conciencia anida en el lenguaje que utilizamos.
3. ¿Mismo idioma, diferentes literaturas? Regularmente doy talleres en los que solemos leer y comentar libros; la mayoría de mis alumnos son mujeres, pues ya sabemos que la lectura es una actividad superior del espíritu que seduce más a la mujer que al hombre, y me apena comprobar que en el concierto de los lectores, nosotros somos menos. Sin embargo, resistimos. Pues bien; se me ocurrió que para venir a compartir con ustedes esta tarde haría antes una pequeña encuesta entre estas lectoras; una encuesta que me diera pistas, aunque no científicas, de qué es lo que piensa un lector «no profesional» sobre la literatura en español, hoy. Y me sorprendió comprobar que casi todas tenían muy claros dos puntos. Primero, que el español es una lengua que se irá fortaleciendo con los años y que gracias a su presencia en el continente americano tiene asegurada una larga vida. Y, segundo, que una cosa era la literatura española y otra la latinoamericana. ¿Cómo podía ser posible que consideraran como una unidad la lengua pero no así las manifestaciones estéticas que esa misma lengua produce? Indagando un poco más en conversaciones informales, sentí que aunque consideraban la literatura latinoamericana más cercana que las otras literaturas, no se sentían verdaderamente en su salsa sino cuando leían a los españoles. Y descubrí que era esto producto de la formación escolar y universitaria, en donde se nos ha enseñado que una cosa es la literatura española y otra muy distinta la latinoamericana.
Yo creo firmemente que esto es un error. Y un error innecesario, además.
El mundo académico, quizá por razones de comodidad a la hora de categorizar, ha separado el decurso de una literatura y otra, pero ha tendido a meter en un solo saco las literaturas de diecinueve países por el solo hecho de formar parte del territorio que una vez perteneció al imperio español. Esta clasificación ya no tiene sentido a estas alturas. Si bien es cierto que hay infinidad de conexiones entre estas literaturas y desde el punto de vista de la historia de la literatura se puede ensayar una comprensión del continente utilizando su progresión desde l siglo xvi hasta ahora, no es menos cierto que estas mismas conexiones pueden establecerse cómodamente entre cualquiera de estas literaturas y las literaturas de otras lenguas como la inglesa, la francesa, la alemana e, incluso, las literaturas clásicas y asiáticas. Ejemplos: no puede decirse que Octavio Paz sea sólo deudor de Sor Juana Inés de la Cruz y de Andrés Bello, ni que García Márquez solo beba de la fuente mágica de Úslar y Carpentier, porque estaríamos dándole la espalda a la influencia poderosa de Faulkner y Valle-Inclán, en el caso del colombiano, y de Ezra Pound y Baltasar Gracián, en el caso del Nóbel mexicano. Es una absoluta incongruencia pretender que el siglo de oro español no ejerció su labor de bruñido en la obra de Rubén Darío, influido al tiempo por la poesía francesa y alemana de su época, ni pretender olvidar que Juan Ramón Jiménez y la generación del 98 acusaron recibo de la embriagante seducción de la poesía modernista de Darío; y así podríamos estar horas y horas estableciendo no pocas ni menos importantes conexiones entre los escritores de los países en los que se habla español, entre los que hay que hacer referencia siempre de Guinea ecuatorial única nación africana en donde se habla español e injustamente olvidada por los distintos manuales de literatura.
Y solo me he referido a escritores del pasado; a movimientos de otras épocas. Ni que decir tiene que hoy en día esta frontera es más líquida que nunca.
Me pregunto hasta cuándo los manuales de literatura seguirán fingiendo que para hablar de la obra de Enrique Vila-Matas no es necesario aproximarse a Juan Rulfo o a Julio Cortázar o a Ernesto Sábato; o que para entender los vericuetos humorísticos de Eduardo Mendoza no sea necesario mencionar siquiera de pasada las cabriolas lingüísticas de Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Manuel Puig.
Tengo curiosidad por saber hasta dónde puede llegar la tozudez de un historiador de la literatura o de un crítico literario que quiera diseñar un canon contemporáneo en español y cuando se encuentre con Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes no piense de inmediato en La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes; que cuando encuentre una novela española de moda, de esas que intentan fragmentar la realidad dentro de la literatura no tenga necesidad de regresar a Rayuela, de Julio Cortázar, que también ha influido al Roberto Bolaño de Los detectives salvajes; o que se sumerja en El viento de la luna, de Antonio Muñoz Molina y su espíritu bildungsroman no le pida releer Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce Echenique.
Y si se dedica a los más jóvenes, el problema se le multiplicará, porque ya no sería posible saber dónde comienzan los escritores latinoamericanos y dónde los españoles: ¿es que acaso ellos mismos se separan? ¿No se trata tan solo de una estrategia de márquetin, más bien auspiciada por la hoja contable de las editoriales? Un narrador como el argentino César Aira tiene su correlato no sólo en el humor un poco esperpéntico del español Rafael Reig, sino también en el colombiano Efraim Medina Reyes o el venezolano Israel Centeno. Los que escriben en español hoy en día conforman un universo heterogéneo pero definido: todos escriben en español, todos se leen unos a otros, todos beben de las tradiciones literarias de otras lenguas y... todos dependen de las grandes corporaciones editoriales para que sus libros lleguen a la mayor cantidad de lectores.
En todo caso, la discusión ahora se inclina más por ese lado, el de la (eterna) lucha entre centro y periferia: Hace unas semanas en Babelia, el suplemento literario del diario El País, el escritor argentino Damián Tabarovsky respondía un artículo del escritor Vicente Verdú en el que este señalaba unas reglas para la supervivencia de la novela, y en las que pedía más riesgo a la hora de escribir, y menos tradición. Que la novela del futuro sobreviviría gracias a las audacias de los escritores de este tiempo. A Tabarovsky le preocupa otra cosa distinta: «Si algo debería preocuparnos a los escritores latinoamericanos no es escribir bajo “el molde tradicional”, como supone Verdú, porque eso sólo ocurre con los ganadores del premio Planeta y con algún que otro escritor de taller literario, sino el hecho de que esa otra literatura, la más radical, la más desafiante, ocupe una posición cada vez más central en el mercado. ¿Se puede ser excéntrico y central a la vez?[3]
4. Lo que dicen los cartógrafos. Volvamos a la pregunta que nos hicimos unas páginas atrás: ¿Tienen algo que decir los cartógrafos del reino de Cervantes, es decir, los escritores?
Constantemente, los escritores no han hecho otra cosa que pensar y dibujar el territorio en el que viven, ajenos a las clasificaciones de los taxidermistas y entomólogos varios que confundieron la literatura con la botánica de Linneo y la filogénesis de Darwin.
Los narradores del español, casi desde que el español se difundió por varios continentes, no han hecho otra cosa distinta a establecer relaciones unos con otros; han generado cercanías y distancias, consonancias y disonancias que han servido para darle forma al cuerpo imaginario de la lengua. Desde luego que los estos cartógrafos tiene mucho que decir, empezando por los maestros: Borges inventando un mapa del tamaño del reino y dividiendo los animales del emperador en los que acaban de romper el jarrón y los que de lejos parecen moscas; Cortázar contándole a una señorita en París cómo no puede dejar de vomitar conejitos; Rulfo quemando las páginas de su prosa con el calor infernal de Comala mientras que García Márquez cuenta mariposas amarillas y exagera la realidad hasta límites intolerables incluso para José Arcadio Buendía; Rómulo Gallegos cabalgando en la grupa de la yegua de doña Bárbara y José Eustasio Rivera dejándose devorar por la garganta insaciable de la selva; Roberto Arlt buscando dinero para devolver el que se robó antes de que sea demasiado tarde, o antes de que la realidad se le convierta en juguete rabioso; Icaza tratando de que las consecuencias de una gangrena no sean fatales y Azuela reivindicando el derecho de los de debajo de tener un poco de libertad y, de paso, presencia en la literatura.
Todos los que han cartografiado el mapa estético del español han dejado una huella imborrable en cada uno de los escritores que hoy en día continúan trazando coordenadas de ese mapa, que crece y crece sin descanso. Las llamadas nuevas generaciones están llamadas a unir los puntos allí donde parecen no tener contacto: porque ya no hay escritores españoles e hispanoamericanos, ahora sólo hay escritores, y son legión: Balza, Pitol, Piglia; Aira, Quintero, Rivas; Muñoz Molina, Bryce Echenique, Vila-Matas, Ndongo; Méndez Guédez, Paz Soldán, Riestra; Pérez Zúñiga, Cordoliani, Melini, Echeto; Menéndez Salmón, Merino, Centeno, Adón.
Estos son unos pocos nombres de cientos que hoy mismo pueblan la literatura en español, que cada día derrotan la falsa idea de que está dividida esquemáticamente entre los escritores de la península y los latinoamericanos. No. Se trata de artistas de hoy, que ven televisión, navegan cada noche desde sus ordenadores por ese otro universo que es Internet, leen en español y otras lenguas, debaten, se encuentra, discuten —siempre discuten— y se ponen de acuerdo para condenar o alabar la prosa de un antepasado o un contemporáneo. Y vive ajenos, como si se tratara de cronopios indigentes, de las clasificaciones con que día a día llenan la cabeza de los estudiantes de literatura, algunas academias y casi todas las editoriales.
El día en que esto deje de ser así, cuando cada identidad en español conviva tranquilamente con su vecina, podremos quizá distinguir las fronteras de este reino con mayor nitidez. Y ese día podremos decir que habitamos gozosamente y libres el reino inconmensurable de Miguel de Cervantes.
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Notas
[1] Zygmunt Bauman, Tiempos líquidos, Barcelona, Tusquets, 2007, pp.7-8.
[2] Ídem, p. 10.
[3] Damián Tabarovsky, La tradición insolente, en Babelia (El País), 5 de abril de 2008.







