ESPAÑOLES PERDIDOS EN AMÉRICA

Carlos Franz

Imagínese ese autobús con un ataúd sobre el techo. Su larga sombra cruzando el desierto sin testigos, Panamericana abajo, desde la frontera peruana. Y nosotros aquí en Pampa Hundida, esperándolo. Con una mezcla de fascinación e impaciencia morbosa por ver en qué terminaría todo aquello. Todavía a veces, en tardes de resolana como ésta, cuando sopla ese viento que arremolina el polvo de la pampa -y que parece que soplara siempre en domingo-, yo me imagino ese bus. Y me distrae pensarlo todavía en la carretera, con el ataúd sobre el portaequipajes, sin acabar de desviarse hacia nuestro oasis, sin acabar de revelarnos su ironía.



ABUELO PANCHO

Anelio Rodríguez Concepción

Esta cicatriz sobre el dorso de la mano derecha, verdadera marca de fuego, para siempre me une a abuelo Pancho como rúbrica de un juramento de lealtad que no tiene vuelta de hoja. Apenas esta pequeña cicatriz, casi una gota de chicle pegada a la piel. Con sólo verla revivo el suceso como si fuese ahora mismo: después del almuerzo en el comedor de la vieja casona familiar, estoy sentado sobre las rodillas de abuelo Pancho y de pronto, al sentir en la manita primero el alfilerazo y luego la conmoción de un dolor terrible que se infiltra hacia el fondo de los huesos, aúllo mientras una fuerza descomunal me eleva rápido hasta la lámpara de cristales de brillos azulosos que pende del techo y desde la cual mis ojos llorones distinguen borrosamente, sin orden de continuidad allá abajo, el mantel, las tazas de café sobre la mesa, las cabezas de mamá, papá, tío Geno y Nena...


EL FUTBOLISTA ASESINO

Nicolás Melini

Subo al taxi con la parrilla de la barbacoa en una mano y la bolsa de deporte en la otra. Las pongo en el suelo, entre las piernas, y me doy cuenta de que ni siquiera he dado las buenas noches al hombre. Me mira por el retrovisor. Buenas, digo.
Hemos recorrido varios kilómetros cuando salgo de mi ensimismamiento. El taxista no ha dicho nada en absoluto. El taxista tiene miedo a abrir la boca o es demasiado tímido o está cansado. He salido de mi ensimismamiento sólo por una razón: el taxista tiene en lo alto de la cabeza dos bultos de distintos tamaños. Los tiene en medio de la calva y yo diría que huelen, porque ha sido un olor extraño lo que me ha distraído. El mayor es del tamaño de una pelota de tenis, sin exagerar. El otro, no. Y a pesar de estar calvo precisamente donde emergen los siniestros bultos apestosos, cuatro pelos largos y dispersos florecen grasientos desde la superficie curva.



BREVE HISTORIA DE AMOR

Juan Carlos Méndez Guédez


Silvya le dijo a Jonás: «lo mejor es que nada ocurra entre nosotros; siempre es preferible que la amistad sea esa posibilidad erótica que no se cierra».



HAMBRE

Ernesto Pérez Zúñiga

El general, presidente del gobierno de nuestro país, espera en su despacho nuevas del frente. En el centro de la estancia, amplia y lujosa, hay una mesa redonda con una gran bandeja donde se acumulan cadáveres despedazados, de los que el general se alimenta. Son cosas hermosas que odia: pájaros, piernas de cordero, manos de soldados vencidos. Los montones de comida están mezclados con pepitas de oro y joyas, y forman una gran paella piramidal. El general espera impaciente una confirmación sobre la noticia que ha oído en la radio.



INVECTIVA DEL INQUISIDOR

Juan Carlos Chirinos

Detesto a los restauradores de libros. Pasan la vida entera tratando de echar hacia atrás en el tiempo sirviéndose de goma arábiga y mutilando. Los restauradores de libros cubren con la falsedad de un papel intruso lo que a las hojas originales les ha llevado años encontrar.