ABUELO PANCHO

Anelio Rodríguez Concepción



Esta cicatriz sobre el dorso de la mano derecha, verdadera marca de fuego, para siempre me une a abuelo Pancho como rúbrica de un juramento de lealtad que no tiene vuelta de hoja. Apenas esta pequeña cicatriz, casi una gota de chicle pegada a la piel. Con sólo verla revivo el suceso como si fuese ahora mismo: después del almuerzo en el comedor de la vieja casona familiar, estoy sentado sobre las rodillas de abuelo Pancho y de pronto, al sentir en la manita primero el alfilerazo y luego la conmoción de un dolor terrible que se infiltra hacia el fondo de los huesos, aúllo mientras una fuerza descomunal me eleva rápido hasta la lámpara de cristales de brillos azulosos que pende del techo y desde la cual mis ojos llorones distinguen borrosamente, sin orden de continuidad allá abajo, el mantel, las tazas de café sobre la mesa, las cabezas de mamá, papá, tío Geno y Nena, ay, desde tan alto me hace oscilar la misma fuerza que me ha levantado como un muñeco, es abuelo Pancho que me sostiene y parece que baila un zapateado o tal vez se sacude para que algo caiga al suelo, sí, se trata de un puro encendido, eso es, el puro se le ha deslizado entre los dedos y su brasa ha venido a parar sobre mi mano, me acabo de quemar y enseguida aplican un ungüento amarillo, cómo arde, mamá, mamá, pero abuelo Pancho no me suelta, me abraza, me besa en las sienes y dice que ya está, mi niño, vaya, ya está. He aquí el remanente de un recuerdo que no puede esfumarse así porque sí. Al comprobar cómo empezaba a fijarse la huella de la herida, semanas después del percance aún pensaba en sus más nimios detalles, la mordida del dolor, la brusca ascensión, el penduleo de mi cuerpo en el aire y todo lo demás, y por tanto al cabo de unos meses, con no más de cinco años de edad, ya reconstruía mentalmente la escena, al menos de modo que en adelante no me costara recobrarla desde la dinámica perspectiva de un plano secuencia. Con seis años, pues, me venía la imagen recreada con cinco, y con siete la recreada con seis, y así, tumba que dale, a lo largo de una vida el fogonazo original, en principio proyectado por la memoria reciente, iría desdoblándose una y otra vez como recuerdo de un recuerdo según tirara del hilo narrativo que lía lo legendario. Tarde o temprano se alcanza el punto no cardinal a partir del que se retoma no el hecho vivido sino su evocación, a veces su ensoñación. Tal ocurre también con la imagen de abuelo Pancho, tal con su voz, evanescentes ambas y por momentos reaparecidas entre fantasmagóricos destellos que de tarde en tarde responden al inesperado llamado de un aroma o un sabor para retrotraerme a la casa del pasillo azulejado, la casa llena de ecos y desvaídos retratos de bisabuelos y novelas de Stefan Zweig y relojes de bolsillo y guantes de piel en la gaveta del armario de pinsapo y platos pintados a mano y acuarelas primerizas de Tio Quico sobre las paredes y olores sagrados de fogones que vienen a explicarnos el origen del mundo. Abuelo Pancho toma parte decisiva en el origen del mundo. Bien mirado, abuelo Pancho era el origen del mundo. Él solo con su titánica y empecinada autosuficiencia de cabeza de familia. Acaso se creía fundador de una suerte de virreinato, como los antiguos productores cinematográficos de Hollywood, torrontudos hechos a sí mismos que si caen se levantan con la cabeza bien alta y canenta, andan con clase, con clase se acomodan en un sillón orejero y con clase fuman grandiosos puros a través de cuyas volutas de humo se aprehende con clarividencia cuanto acontece alrededor. Humo de habanos no de La Habana, sino de La Palma: nuncios, medios nuncios, coronas, medias coronas, petit-cetros, panetelas, cremas, viuditas y demás vitolas de su fábrica de tabacos. Abuelo Pancho muy, muy espigado, de espaldas anchas y canillas finas —finas como tallos de perejil, según abuela Paulina—. Abuelo Pancho haciendo honor al apodo, «Gibrán», que lo distinguía como un pírgano entre los tabaqueros de la ciudad. Abuelo Pancho con gafas de culo de botella verde, trajeado y de corbata de luto como todos los republicanos de la generación vejada a la que se enorgullecía de pertenecer. Pese a los rigores del exilio interior, no se permitía arredrarse ante nada. Literalmente sacaba pecho. En todo momento. Igual que un boxeador con albornoz de felpa y toalla al cuello, antes de la ducha matutina practicaba gimnasia sueca junto al lavabo: los brazos estirados, paralelos en vertical, paralelos en horizontal, paralelos en vertical, paralelos en horizontal, uno dos, uno dos, flexionando las rodillas y, con el tronco recto, abajo, de cuclillas, arriba, de pie, abajo, de cuclillas, arriba, de pie, uno dos, uno dos, inspirando por la nariz y exhalando por la boca de dientes fuertes, irregulares, amarillos por la nicotina pero pulidos a base de enjuagues del colutorio mentolado Kenphor. Luego se sentaba a desayunar nueces con pan y aguacate antillano rociado de sal gorda. Incluso fuera de estos rituales, en reposo o no, transmitía el centelleo de una misteriosa altivez, la potencia telúrica de lo que se desborda más allá de sus límites. No en vano por propia voluntad y por propios méritos había salido del pozo de la pobreza. Nada le había caído del cielo. De niño y adolescente descubrió los ásperos secretos de la agricultura junto a su padre, medianero en la finca de los Abreu; de jovencito, tras pasar por una escuela nocturna, se inició en el oficio de tabaquero entre los torcedores de la Confederación izquierdista «El Trabajo», y así muy pronto pudo convertirse en chinchalero con marca registrada, «Gloria Palmera». Poco antes de casarse ya era un industrial reputado que dominaba todas las facetas empresariales, desde el contrapeso entre gasto y ahorro hasta el arte del contrabando en el muelle de Santa Cruz de La Palma. Como además sabía cultivar, secar y curar el tabaco y en consecuencia se hacía con las mejores selecciones de gavillas en los pilones de Breña Alta, no tardó en obtener beneficios más que considerables, enseguida invertidos en la compra de tierra para sembrar el tabaco que su fábrica necesitaba. De este modo alcanzó el soñado estatus de burgués con casa propia —la planta baja para la tabaquería y la alta para la vivienda familiar—, zapatos de cabritilla, pata de jamón serrano colgada tras la puerta de la cocina, título de aprendiz en una logia masónica, la «Abora I», y dinero negro suficiente para hacer al año un par de viajes a Madrid, costumbre que nunca perdería, ni siquiera en su etapa de viudez, cuando intimó con una corista que más adelante fue vedette y actriz secundaria de cine cuyo retumbante nombre artístico me callo por discreción. Lo imagino carraspeando en el patio de butacas del Teatro Martín, junto a la calle Fuencarral, con el abrigo y los guantes sobre las rodillas, absorto ante ponderadas coreografías de comediantes sin blanca. Abuelo Pancho solía ir a Madrid en viajes de negocios, o al menos así los llamaba él, pero estaba claro que el monopolio de la Tabacalera no le permitía vender sus manufacturas más allá de Tenerife o Gran Canaria. Las cosas como son: abuelo Pancho iba a Madrid a disfrutar de los espectáculos de varietés y a probar tapas en las tabernas de la Cava Baja, y lo hacía porque le daba la real gana y porque podía, regalando a los camareros cigarros puros como propina sin par, la que más puertas franqueaba en la capital de un país exangüe. De ahí la mundología y el buen tanchel que rezumaban sus conversaciones y que tanto lo ayudaron a sortear problemillas con acreedores y con Hacienda en la época de las vacas flacas, casi al final de su vida, mientras la plaga del moho azul acababa con todas las cosechas de tabaco de La Palma al tiempo que la crisis internacional del petróleo se convertía en la crisis personal de cada hijo de vecino. Yo todavía era un niño cuando abuelo Pancho, medio arruinado, acusó el declive definitivo sin siquiera sospecharlo: un catarro crónico devino en gripe mal curada que lo encamó para siempre jamás. Bajo una sábana que le llegaba hasta la barbilla, me llamaba a cada rato para que le pusiese en el tocadiscos un elepé de Los Guaracheros de Oriente, siempre el mismo. Ponme a los cubanos, pedía a media voz. «Mariposita de primavera, alma con alas que errante vas», cantaba el gran Ñico Saquito, y en virtud de aquel bálsamo abuelo Pancho se arrobaba mirando fijamente el techo, con ceño insondable de recién nacido. «Yo quiero verla para besarla, / con esos besos que tú a la flor / das cuando quieres la miel robarle». Anelito, ponme a los cubanos, repetía a todas horas, ausente de la habitación donde yacía y de la hora que aún le tocaba vivir. Aunque, como él, no tenía conciencia del mal que lo consumía, por aprensión me demoraba en encender el tocadiscos para observar su semblante demacrado. De buena gana aprendí el repertorio completo, sin duda el mejor lenitivo para aquella tos de desahucio, «Mariposita de primavera», «Dulce embeleso», «Pobre bohemia», «Retorna», «El pagaré», «El que siembra su maíz»… Una tarde de primavera del setenta y dos me estremecí al ver cómo, al levantarse para ir al baño, la espina dorsal del gran Gibrán se combaba sobre un enrejado de costillas delatoras. El cuello no podía con el peso del cráneo. Era la muerte en persona, la muerte vivita y coleando, como salida de un grabado de Durero. Otra tarde de primavera, treinta y tantos años después, tío Quico me pidió que pusiese a los cubanos (así mismo dijo: «Ponme a los cubanos») mientras pintaba el último cuadro en su estudio. Lo he expresado bien: el último cuadro. Tío Quico, a quien le quedaban pocas semanas de vida, se sentía débil y deseaba escuchar exactamente la misma grabación de Los Guaracheros, ahora digitalizada, pero lo más curioso del caso es que no conocía aquella obsesiva apetencia de su padre moribundo. Estupefacto, me palpé la cicatriz de la mano, este chispazo del fuego sagrado, y sin mediar palabra, como un niño obediente, rebusqué en la pila de discos junto al equipo de música. Allí estaba. Al volver a escuchar «Mariposita de primavera» comprendí por qué la Tierra da vueltas, y por qué sobre sí misma. «Dile que torne, mi compañera, / por los jardines de mi quimera, / como un suspiro de amor fugaz». Y digo yo que el paraíso de nuestros muertos ha de ser música. La música. Para qué más.