ESPAÑOLES PERDIDOS EN AMÉRICA

Carlos Franz



Imagínese ese autobús con un ataúd sobre el techo. Su larga sombra cruzando el desierto sin testigos, Panamericana abajo, desde la frontera peruana. Y nosotros aquí en Pampa Hundida, esperándolo. Con una mezcla de fascinación e impaciencia morbosa por ver en qué terminaría todo aquello. Todavía a veces, en tardes de resolana como ésta, cuando sopla ese viento que arremolina el polvo de la pampa -y que parece que soplara siempre en domingo-, yo me imagino ese bus. Y me distrae pensarlo todavía en la carretera, con el ataúd sobre el portaequipajes, sin acabar de desviarse hacia nuestro oasis, sin acabar de revelarnos su ironía.

Imagínese al Cónsul Honorario de España en Pampa Hundida, a Pío Barrales hijo. El farmacéutico que junto con la botica de su padre, en la acera poniente de la Plaza de la Matriz, heredó los ojos azules, el ceño circunflejo y la insolación crónica del exiliado huido de los diluvios de Asturias, sólo para morirse en el desierto de Atacama. Poco después de ser nombrado Cónsul Honorario por un gobierno socialista instalado en la distante Moncloa, Barrales hijo se empeñó en enterrar a un presunto paisano suyo.

Fue un desconocido magro y enlutado que llegó hasta la ciudad acortando por el desierto y se alojó en el Hostal del Peregrino. No es seguro cuánto duró. Pudo ser una semana. Sí, quizás anduvo una semana visitando comercios, cargando un maletín de plástico, abrillantándose los agrietados zapatos en los pantalones, ceceando que representaba a no sé qué empresa de básculas hispanas -sin vender ninguna. Hasta que en una tarde de ésas que queman toda esperanza –una tarde de polvareda y resolana como ésta-, el desconocido se colgó del cuello en la habitación 22. Descerrajada la puerta, se encontró una percha de ropa goteando sobre el lavamanos –como si el ansia de ahorcarse le hubiera sobrevenido mientras refregaba el cuello deshilachado de su otra camisa. Y en el velador la cuenta impaga del hostal, abultada por dos botellas de Anís del Mono y un telefonograma enviado a ultramar. Averiguando en la compañía se supo que rezaba: “He ido demasiado lejos”. El destinatario debe haber sido todavía más enigmático que el mensaje, porque había sido devuelto desde la central de correos en la Cibeles de Madrid, con la siguiente razón: “desconocido en el domicilio”.

A falta de pasaporte, ese papel le bastó a Barrales hijo para decidir que el suicida era un español. Un español perdido en América. Como él y su padre, que también sintieron haber ido, y vivido, demasiado lejos y –acaso– demasiado tarde.

No bien el juez Larsson ordenó que se trasladara el cadáver a la morgue del hospital, para la autopsia, el farmacéutico se presentó en el comedor del Círculo Español. Digamos que efectivamente fue en domingo y que los socios estaban terminando sus largas comidas familiares, entre humaredas de puros y brandis caros. Barrales cruzó el comedor sin mirar a nadie. Evitando especialmente a los refugiados o descendientes de refugiados republicanos, como su padre o él mismo. Pero que, a diferencia de él y de su padre, olvidaron su pasado y se asimilaron y se asociaron, incluso, a los emigrados económicos que se enriquecieron abasteciendo minas. Hasta tal punto se asociaron a ellos que para el golpe militar acabaron tolerando, o incluso celebrando, el retrato del General que estos últimos colgaron en el salón del directorio. Tras lo cual Barrales padre hizo jurar a su familia que no volverían a pisar el Círculo en su vida.

Así es que esa tarde pocos podían creerlo cuando vieron a Barrales, el hijo, yendo hasta el mesón trinchero, en el centro del comedor, y depositando allí un gran tarro de lata que parecía de leche en polvo. Aunque no: porque el farmacéutico lo había forrado con un papel de su consulado donde decía, y bien mayúsculo: “Colecta caritativa para enterrar con dignidad a un español desconocido”.

Hay que imaginarlo allí, al Cónsul Honorario y concejal socialista, junto al acuchillado jamón de Jabugo -colorado, circunflejo, altivo- esperando sin un gesto a que se hiciera un completo silencio en el comedor de socios. Un silencio dentro del cual condescendió, por fin, a hablar sin mirar a nadie, despreciando a todos.

Lamentaba perturbar la digestión de las hostias tragadas en la misa de doce y los cochinillos devorados en el almuerzo dominical. Lamentaba, pero era su deber, comunicar a la colonia residente que un compatriota acababa de colgarse por el cuello en un cuarto del Hostal del Peregrino. Podía ahorrarse los detalles, pero no quería: la larga lengua morada, la tiesa erección goteante, los agujeros en los zapatos, los bolsillos vacíos… Convencido, cierto, seguro de que estas miserias conmoverían a los socios tanto como a él, Barrales concluyó confiando en la proverbial caridad de ese Círculo, que podría evitarle al paisano su humillación final: “la mortaja de lona y la paletada de cal, la fosa común. A menos que vosotros, españoles, deis para enterrarlo como a un español”.

Y el Cónsul Honorario metió un billete en la improvisada alcancía antes de salir sin despedirse. Hay que imaginar aquello y sospechar que Pío Barrales hijo -hijo de “el rojo Barrales”, como llamaban allí a su padre- hizo esa colecta en el Círculo Español, precisamente, porque ya calculaba la avaricia. Y su venganza.

Lo que empezó a confirmarse cuando al final del día, roto el lacre del consulado en la tapa de la hucha -ante la formalidad bostezante del Notario y Conservador Martínez-, se vio y anotó que derramaba tintineando un menesteroso montón de monedas sueltas. Algo así como mil pesos de la época. En cobres y níqueles, la mayor parte.

Limosna insuficiente para pagar una ronda de brandis, en ese mismo comedor. Y no digamos ya para financiar un entierro. Pero bastante para colegir la mala uva de los achispados socios, de sus ensanchadas matronas, de los vástagos pendencieros y furunculosos, entreteniéndose en pasar de mesa en mesa el tarro que Barrales hijo, el insolente, había tenido la osadía de dejarles en el trinchero. Para llenarlo a rebosar con el vuelto de las propinas.

Habrá sido así, o de otro modo. Lo cierto es que al día siguiente, lunes y a mediodía para que nadie dejara de enterarse, el farmacéutico cruzó la Plaza de la Matriz con la pesada hucha de la colecta bien visible entre las manos. Fue hasta las vidrieras de la funeraria Belloni, se dejó reflejar en ellas de perfil, un momento largo que nadie olvidaría… Y luego estuvo dentro un par de horas comparando cajones, regateando precios, cotizando ataúdes “en nombre de la colonia española”. Partió por uno de caoba rubia, sobre el que Belloni ponía un perpetuo cartel de “reservado” (acaso para sí mismo). Y fue descartándolos todos, de a uno, por demasiado caros. Desechándolos no sin examinar posibles abaratamientos miserables --“¿cuánto por éste, pero sin el cojín y el forro de seda?”-, ni saltarse siquiera los más pequeños, blancos, de niño, donde preguntó si podría encajarse a un hombre doblado. Hasta que acabó sacando y contando las moneditas de la alcancía, encima de la tapa del féretro más barato. Uno de pino basto y resinoso, sobre el cual armó torrecillas de chauchas de cobre, perdió la cuenta y volvió a empezarla, demorándose mucho, manteniéndose bien visible tras la vidriera de las Pompas Fúnebres Belloni donde él y el sepulturero, inaudibles pero evidentes, regateaban por un ataúd.

Belloni -me lo contó él mismo después- estuvo a punto de regalárselo, con tal de que le permitiera bajar la cortina e irse a almorzar. Pero se arrepintió cuando Barrales hijo inquirió si sería posible llevar el cajón al cementerio parado en la carretilla, la “yegua” de la funeraria, ya que tampoco había para pagar el coche mortuorio. Cuestión, me aseguró el enterrador, que además de colmar su paciencia hería su orgullo profesional.
Sin ataúd, pero siempre con la alcancía más visible que una patena, Barrales hijo se fue de allí al cementerio. En la polvorienta administración de la necrópolis --asediada por mausoleos sin nombre, cruces chuecas, sepulcros blanqueados-- estuvo cotizando nichos y agujeros. Visitándolos y sondeándolos, inquiriendo por las dimensiones mínimas para un cadáver de hombre. Averiguando si el hoyo temporal más barato, el de cinco años, podía alquilarse por seis meses, ya que sólo para eso alcanzaban las caridades de sus compatriotas. Aunque esto último no lo dijo (ni falta que hacía, pues a esas alturas media ciudad lo comentaba…).

La siguiente gestión la hizo aquí mismo, desde el teléfono público, en el bar de este hotel. Con la puerta de la cabina bien abierta –para que nos enteráramos y deleitáramos los contertulios que jugábamos al naipe-- llamó al cónsul del Reino de España, en Tacna, Perú. Le gritó a su colega que le comprara un “ataúd de pobres” allá, donde con las ventajas del cambio de pesos chilenos a soles, lo que ya era barato saldría casi regalado. Y que se lo fletara a la brevedad, pero no por camión, porque “acá la compasión no da para eso”. Sino que, vamos a ver, que se lo enviara por autobús, como encomienda. En el bus de la línea Morales Moralitos que, seguramente, al enterarse de tanta miseria nuestra accedería a traerlo gratis. Porque allá serían más pobres, le aullaba Barrales al auricular, pero siempre tendrían espacio en el portaequipajes. “¡Y en el corazón!”, terminó por bramar. (Fue entonces que empezó el viaje de ese autobús con el ataúd sobre el techo. Que acaso no termina de llegarnos todavía.)

Mientras tanto --y para que no le lanzaran el paisano a la fosa común, ni tener que pagar pensión en la morgue--, Barrales consiguió con el director del Hospital General, el doctor Montañé, permiso para llevarse el fiambre a su botica. Nunca sabremos, y éste es otro misterio del caso que le cuento, por qué lo autorizó Montañé. Dicen que Barrales hijo ofreció descontarle al hospital ciertas drogas opiáceas para enfermos desahuciados, haciendo realidad una de las acariciadas filantropías del doctor. Otros arguyen que Montañé, sarcástico y aburrido, conocedor quirúrgico de la pequeñez humana, simplemente se divertía. Como fuera, el farmacéutico consiguió su autorización. Y así el martes por la tarde nadie pudo dejar de ver esa camilla que salía del hospital con el fúnebre bulto bajo una sábana verde. Nadie pudo ignorar la V de los pies blanquísimos que iban por delante, con la etiqueta de rebajas atada a uno de los dedos gordos como si fuera (lo que más bien era) un cadáver de saldo.

En su farmacia, Barrales hijo le hizo al cuerpo –ya destripado y relleno de formaldehído- una cama de hielo seco. Y lo guardó bajo el mostrador, allí donde mismo colgaba las hierbas medicinales. Cosa que todos supimos porque, con pretexto o sin él, Barrales invitaba a cada cliente --y tuvo muchos en esos días-- a que atisbara bajo el mesón los despojos de aquel español desconocido. ¿Quién que lo vio no lo recuerda? Los tabacosos dientes de conejo, asomados; su cerosa desnudez cosida de la manzana de Adán a la pelvis; la huella violácea de la soga que el boticario nos animaba a tocar con un dedo. Mientras murmuraba, rimando: “aquí lo tengo a este pobre paisano, esperando a que llegue su ataúd peruano”.

Como lo esperábamos todos. Porque, previsiblemente, imaginar el féretro viajando sobre el portaequipajes del autobús, su proa oblonga cortando el aire seco del desierto, se transformó en la obsesión de la ciudad. Y en la humillación cotidiana de los dignatarios del Círculo Español, que comprendían poco a poco la trampa que el boticario socialista --digno hijo de su padre “el rojo”-- les había tendido. Comprendían, incluso, la perfidia de traer el cajón con la línea Morales Moralitos, notoria por su lentitud, su impuntualidad y sus accidentes macabros. De modo que el atraso, estirando la espera, acrecentara la fama de tacañería en la colonia, confirmara que eran todos unos “apretados”, en el sórdido doble sentido que el mote de “coños” tomaba, cuando lo pronunciaban a sus espaldas.

Imagínese usted una semana larga, sin noticias. Alargada aún más por el rumor deleitable de que el autobús se había averiado, como de costumbre, en lo hondo de la quebrada de Camarones, y que allí aguardaba la posta de otro bus que le trajera el cigüeñal o el muelle roto, por ejemplo. Y a Barrales hijo despachando medicamentos sobre su mostrador bajo el cual yacía el suicida, como si nada. Sólo preguntando, de vez en cuando, si no percibíamos, acaso, “un olorcillo extraño”. Mientras fingía olfatear -con un bailoteo malévolo de la nariz y el bigote blanco- algo innombrable tras el aroma de las salvias y la ruda medicinales.

Nada pudo la protesta discreta del Círculo ante la autoridad sanitaria e, incluso, ante el alcalde Mamani (que tenía sus propias cuentas pendientes con ellos). Ni bastó el arrepentimiento, la tardía oferta de poner al desconocido en el panteón de la colonia, “aunque no fuera español”. Barrales hijo, heredero del inclemente, gozando de su saña, hizo saber que la colectividad podía estar tranquila. Que él, como Cónsul Honorario, se encargaría de que el español desconocido tuviera “un entierro digno de vuestra caridad”.

Y figúrese de una vez --antes que anochezca del todo y lo peor del domingo haya pasado, y queramos irnos los dos, usted siguiendo su viaje y yo a mí casa-- la afrenta final. El variopinto autobús de la Morales Moralitos, con sus cromados corroídos y sus cortinillas floreadas volándose por las ventanas, haciendo su entrada triunfal en Pampa Hundida. Viniendo hasta la plaza para dejarnos su demorada carga frente a la Farmacia Barrales. Suponga a los morbosos, los pícaros y los desocupados ofreciéndose para ayudar a bajar del techo --con sogas-- el cajón de madera aglomerada, desteñida y torcida por los soles rabiosos del viaje. El cajón de pobres que pesaba como si ya trajera un muerto adentro.

Imagínenos también al resto, los más dignos pero no menos curiosos, desde nuestros corrillos en la terraza del Hotel Nacional, ocupados a la disimulada en no perdernos el espectáculo de Barrales hijo dirigiendo el descendimiento, pidiendo máximos cuidados. Para luego sudarse las canas e insolarse como un tomate, aflojando con un martillo la tapa torcida que se astilló con un quejido terrible, largo, seco, que cruzó la plaza chirriándonos en el nervio de los dientes.

Deduzca por fin la carcajada reprimida, el continuado y maligno regodeo con que recordamos el gran pez que sacaron del ataúd. La albacora seca, ahumada, el oro viejo de sus escamas, el ojo velado y atónito, junto a los ajíes rocotos y hasta el cochayuyo para el acompañamiento. Todo para preparar el cebiche de charqui de pescado, la delicia de la costa tacneña lista para trocearla, marinarla en limón de nuestro oasis, y organizar el banquete de beneficencia pública, en plena plaza. El chiringuito donde esa noche Barrales hijo vendió platos de cebiche y vasitos de pisco sours a destajo. Más que bastantes para pagarle, a ese español perdido en América, lo que la caridad de sus paisanos no había querido: un coche fúnebre y un nicho perpetuo. Y hasta una bandita estridente --borracha desde la noche anterior-- que acompañó al cortejo de festejantes hasta el camposanto.

Dicen, pero esto ya podría ser leyenda, que amanecía cuando ciertas mujeres ebrias aún reían y chillaban en la farmacia, tanteándole la rigidez al suicida. Aunque ellas protestan y juran no acordarse de nada. Lo que sí recordamos todos es el broche primoroso que Barrales hijo le puso a su venganza. Apenas metido el cadáver del desconocido en ese nicho de lujo –desde el que agravia perpetuamente a la colonia--, Barrales se fue hasta el Círculo y entregó en portería un sobre. Contenía la cuenta de un bar, y una nota donde celebraba que las propinas reunidas por la caridad de nuestros españoles hubieran alcanzado, aunque casi no, para sufragarles una cervecita a los panteoneros.

(para Ricardo Cayuela Gally)

Este cuento pertenece al volumen de relatos La Prisionera, que Alfaguara publicará en Chile durante 2008.