Ernesto Pérez Zúñiga

El general, presidente del gobierno de nuestro país, espera en su despacho nuevas del frente. En el centro de la estancia, amplia y lujosa, hay una mesa redonda con una gran bandeja donde se acumulan cadáveres despedazados, de los que el general se alimenta. Son cosas hermosas que odia: pájaros, piernas de cordero, manos de soldados vencidos. Los montones de comida están mezclados con pepitas de oro y joyas, y forman una gran paella piramidal. El general espera impaciente una confirmación sobre la noticia que ha oído en la radio.
Su hombre de confianza entra marcialmente en el despacho y se cuadra, aunque una gran herida en el costado izquierdo le hace tambalearse. Doliéndose, el hombre de confianza le muestra un envoltorio.
—¿Es el corazón? —pide el general.
—No, señor.
El hombre de confianza desenvuelve el paquete:
—Es el riñón.
Y lo corta en láminas que, al echar en la paellera, silban sobre el aceite. Las pincha con dos tenedores y ofrece uno al general. Los dos comen.
—Lo he dejado vivo –dice el hombre de confianza mostrándole unas fotografías y evitando mascar y hablar al mismo tiempo-. Al comeros los órganos de vuestro peor enemigo, vos seréis más fuerte. Mientras tanto podéis aprovechar su estado moribundo para desesperanzar a sus seguidores.
El general asiente mirando las imágenes –un quirófano, el enemigo tumbado, escenas de la operación-, sin dejar de masticar con mucho apetito. Toma una barra de pan, de la que corta un buen trozo. Pringa sobre los filetes de riñón que quedan en la paellera. Con la mano derecha. Con la mano izquierda aprieta la gran herida que tiene en el costado.

El general, presidente del gobierno de nuestro país, espera en su despacho nuevas del frente. En el centro de la estancia, amplia y lujosa, hay una mesa redonda con una gran bandeja donde se acumulan cadáveres despedazados, de los que el general se alimenta. Son cosas hermosas que odia: pájaros, piernas de cordero, manos de soldados vencidos. Los montones de comida están mezclados con pepitas de oro y joyas, y forman una gran paella piramidal. El general espera impaciente una confirmación sobre la noticia que ha oído en la radio.
Su hombre de confianza entra marcialmente en el despacho y se cuadra, aunque una gran herida en el costado izquierdo le hace tambalearse. Doliéndose, el hombre de confianza le muestra un envoltorio.
—¿Es el corazón? —pide el general.
—No, señor.
El hombre de confianza desenvuelve el paquete:
—Es el riñón.
Y lo corta en láminas que, al echar en la paellera, silban sobre el aceite. Las pincha con dos tenedores y ofrece uno al general. Los dos comen.
—Lo he dejado vivo –dice el hombre de confianza mostrándole unas fotografías y evitando mascar y hablar al mismo tiempo-. Al comeros los órganos de vuestro peor enemigo, vos seréis más fuerte. Mientras tanto podéis aprovechar su estado moribundo para desesperanzar a sus seguidores.
El general asiente mirando las imágenes –un quirófano, el enemigo tumbado, escenas de la operación-, sin dejar de masticar con mucho apetito. Toma una barra de pan, de la que corta un buen trozo. Pringa sobre los filetes de riñón que quedan en la paellera. Con la mano derecha. Con la mano izquierda aprieta la gran herida que tiene en el costado.







